La Sociedad

El mensaje de correo electrónico era breve y Adrián lo leyó con entusiasmo:

"Te tengo buenas noticias. Te aceptaron como miembro. Tienes que venir este viernes a la reunión. Nos vemos a las 11 a un costado de Las Palmas. No me falles, te estaré esperando".

Había estado deseando recibir esta noticia desde hace más de tres meses, es decir, desde que se enteró de la existencia de "La Sociedad". Se sintió muy bien cuando lo eligieron como miembro. Pocas veces en su vida había sido seleccionado para algo, pero ahora, entrar a La Sociedad le daba cierta sensación de triunfo.

Adrián llegó al sitio indicado puntualmente. Vió a Santos, y aunque nunca lo había visto antes, lo reconoció de inmediato. Sus respectivos atuendos se parecían demasiado y se saludaron con entusiasmo.

- Vamos, que seguro nos están esperando. -dijo Santos, mirandole a los ojos.

Comenzaron a caminar, uno al lado de otro, completamente callados, hasta que Santos rompió el silencio con una explicación.

- Nos reunimos todos los viernes, cada semana en un lugar diferente. Yo seré quien te informe dónde exactamente nos veremos. Por ahora, la Sociedad se compone de nueve miembros y sólo aceptamos uno nuevo cuando perdemos a uno. Siempre perdemos al Jefe. Esa es la norma.

- ¿Van por turnos?

- Sí. El Jefe es el candidato a hacerlo, él decide cuando y cómo. A veces platica cómo lo va a hacer, a veces no, él decide. Hoy será la noche de presentación. Se presentará al nuevo jefe y al nuevo integrante, o sea tú.

Adrián volteó a mirarlo y Santos vió en su mirada un dejo de temor. Quiso tranquilizarlo.

- Podrás retirarte cuando desees. Hasta ahora nadie lo ha hecho. Pero si te quedas tu función será buscar al siguiente integrante, hay que tenerlo listo para cuando... tu sabes.

- Para cuando se suicide El Jefe

- Ya lo dijiste



La Sociedad era un grupito formado por nueve jóvenes que compartían un mismo interés: el suicidio. Uno a uno se fueron conociendo y ni cuenta se dieron de cuando empezaron a hablar del tema. A uno se le ocurrió la idea de formar La Sociedad. Idearon las normas: habría uno al que se le llamaría El Jefe y de ahí en fuera iría decayendo la jerarquía de acuerdo al orden en el que fueron entrando. El Jefe se suicidaría en el momento y en la forma en que él eligiera y el siguiente en la cadena sería el nuevo jefe. El último de la cadena elegiría al siguiente integrante y lo presentaría al grupo.


- ¿Que hacen en las reuniones? -preguntó Adrián, nervioso.

- Platicamos, leemos, compartimos. A veces hablamos de la forma en que nos gustaría hacerlo...

- Dices que no es obligatorio

- No. Tú... ¿ya tienes pensado cómo?

Adrián sonrió espontáneamente.

Siempre había pensado en cómo hacerlo y creía tener la mejor forma. No la diría, desde luego. La probaría a su debido tiempo. La probaría un año más adelante, después de haberse despedido de ocho de sus socios, varios de los cuales se convirtieron en compañeros y en amigos.

Un año después Adrián caminaría sólo la misma acera y con el mismo atuendo. Pero ahora era el Jefe. Y se lo estaba tomando en serio.

Toda la vida

Los conocí toda su vida. ¿Cómo? No lo entenderías. Pero así fue.

Cuando nacieron compartieron la cuna. Pero no eran hermanos, vaya, ni siquiera eran familia. Recuerdo haberlos visto, tirando pataditas al aire, golpeándose uno al otro.

De niños lo compartían todo: el triciclo de uno, los muñecos del otro, la golosina que alguno compraba.

Compartieron el asiento en el autobús escolar, el libro en la clase de matemáticas, el lápiz en la de química.

Dejaron de hablarse porque también compartieron la novia. No fue culpa de ninguno de ellos, fue ella. Sí, las mujeres tambien son infieles. ¿Qué! ¿que sabes de eso?. Bueno, otro día me cuentas.

Eso los separó un poco. Dejaron de frecuentarse, más no de compartir sucesos. Ambos perdieron su empleo en la crisis del 2009, ambos lloraron una muerte un par de años después. Ambos compartieron un amigo que se casó y en su boda se reencontraron.

Decidieron ser vecinos. ¡Qué envidia! Nunca he podido elegir a mis vecinos. Decidieron ser amigos.

Es por eso que se hizo de esta manera. No es algo que ocurra muy a menudo, vaya, nunca había pasado esto, pero fue su voluntad, la de ambos. Compartir la muerte, compartir la tumba, compartir las lágrimas.

Dicen que ya no hay amigos así. Espero no estar enterrando a los últimos.

Tragedias relativas

Como su nombre lo expresaba, así era Rosalinda. Y aunque no era lo frecuente, esta vez sí que lloraba. Fue al malecón para estar sola. Su tragedia lo exigía. Tomó el anillo de su mano izquierda, y lo tiró al agua.

Comenzó a hundirse.

A unos kilómetros de ella un autobús a tope de pasajeros se derrapaba en el asfalto. Dió una y otra y otra vuelta en cuestión de segundos cambiando para siempre la vida y muerte de decenas de personas.

Mientras, el anillo seguía cayendo.

En la capital, en un edificio elevado, unos puntos, simples números se iban abajo. El jefe perdía millones. Grandes empresas se irían a la quiebra. Miles de empleados perderían su trabajo.

Oscilante, el anillo seguía su ruta.

En un país lejano, un temblor sacudía los cimientos de una ciudad populosa. En segundos, desaparecieron edificios, bienes, y personas. Construirlo todo tardó treinta años. Destruirlo, sólo unos segundos.

Dentro del agua salada, lejos del alcance de la luz, el simbolo de unión aún seguía moviendose.

En el mundo entero, en esos escasos segundos nacieron 38 bebés, murieron 25 personas, fueron abortados 17 más, se cortaron 1582 árboles, explotaron 31 supernovas y nacieron 2102 estrellas.

Y aún con todo, con el mundo entero y sus desgracias ocurriendo, con la mayor de las catástrofes asomándose al planeta, el anillo llegaba al fondo y Rosalinda lloraba inconsolable mientras el amor de sus amores viajaba con otra a su lado.

Tres realidades y la realidad

El experimento a simple vista se escuchaba bien. Los cuatro tipos (¿o eran cinco?) llegaron a diferentes horas del día al domicilio indicado. La casa, al igual que ellos, era especial. Tenía 4 entradas, cada una por una calle diferente.

Cada individuo recibió una dirección diferente, aunque la misma explicación y la promesa de un pago. Ninguno de ellos había recibido nunca un pago por escribir una historia, así es que la idea de ganar algo, aunque fuese muy poco, era tentadora.

La explicación era breve. En una hoja azul se indicaba al destinatario que se le requería para escribir una historia. Debía llegar a la casa a la hora indicada. La puerta estaría abierta sólo unos minutos, por lo que la puntualidad era esencial. En cierto momento escucharía la señal. En ese momento debía empezar a escribir.

1. Adán.

El primero que llegó fue Adán. Joven, de unos 23 años y de apariencia serena. Su rostro serio se presentó a las 4 de la tarde. Se detuvo justo frente a la puerta y la empujó con suavidad. Dentro se encontró con un cuarto amplio e iluminado. Había un sofá y varias revistas desparramadas sobre él.

Una vez dentro, leyó el letrerito que le pedía asegurar la puerta.

2. Sergio Berrizabal

El segundo en llegar, como era de esperarse fue Sergio. A las 4 y treinta se bajó del taxi frente a la casa señalada con el número 23. Con la música en los oídos y libreta en manos se paró frente a la puerta. Miró a ambos lados y tocó. Nadie respondió ni la primera ni la segunda vez. Cuando se disponía a tocar la tercera vez, la puerta se abrió.

Un tapete en el suelo le dió la bienvenida. A su izquierda un aparato marcaba la hora: 4:35:55. Cinco segundos después la música comenzó a sonar. Berrizabal sonrió, se relajó y se quitó los auriculares.

3. Chilo Minguez

Diez minutos después estaba abriendo su cuarto Chilo Minguez. La pared dejaba escuchar la música del cuarto de al lado. Música que no era de su agrado pero el cuarto tenía una televisión y de las grandes. Sus ciento y tantos canales lo mantendrían entretenido en lo que llegaba el último.

4. Angel

Ángel fue quien más se retrasó. Hubo que esperarlo más de la cuenta, pero al igual que los otros tres era imprescindible su historia, su punto de vista, su realidad.

Cuando entró al cuarto se encontró con una computadora encendida y con su blog abierto. Ver su último post en la pantalla le hizo sentir un escalofrío y una curiosidad tremenda.

Alguien estaba en casa, de eso estaba seguro.

* * *

A las seis de la tarde, los cuatro oyeron la señal, o por lo menos eso creyeron. A las seis de la tarde, un disparo desequilibró el orden y el desorden de cada cuarto. Cuatro historias debían ser escritas a partir de entonces.


* * *

I. El fin de todo

Disparar un arma nunca ha sido fácil para ti. Nunca te gustó, ni siquiera cuando de niños jugábamos con pistolitas que hacíamos cortandole ramitas a los palos de naranja. Preferías las canicas, pero no te gustaba perder. Siempre llorabas cuando te ganaba, y te tenía que devolver todas tus canicas y darte otras más.

No me gustaba jugar contigo, por lo llorón que eras. Pero siempre estabas tras de mi: que vamos a jugar fut, que vamos a jugar esto o aquello; a mi me fastidiabas porque eras un niño. Yo también lo era, pero a los trece o catorce uno se cree adulto.

A mi me gustaba juntarme con los grandes porque me hacía sentirme grande. Tu me acusabas. Siempre ibas con mi mamá y le decías dónde estaba. Pero yo no hacía nada malo, nunca fumé, nunca me drogué, nunca tomé. Querían que no me juntara con nadie, que jugara contigo, ¿puedes creerlo?

De eso ya hace viente años pero veo en tu mirada el mismo temor de siempre. Siempre me tuviste miedo, ¿verdad? Conozco esa expresión de angustia en tu rostro.

Nunca pudiste matar ni un pajarito, y ahora me apuntas con una pistola. Eres el niño bueno de esta historia, ¿no lo entiendes? No puedes ser tan malo como para matar a tu propio...

II. ¿Qué harás mañana?


Bamboleaba la cabeza mientras escuchaba la música. Tamborileaba en la mesa mientras la canción llegaba a su climax. Cambiaba los movimientos de sus manos a medida que aparecían en la melodía diferentes instrumentos musicales de manera que en sus brazos aparecían guitarras, baterías, pianos, en incluso una batuta mientras dirigía una orquesta imaginaria.

Toda su vida era imaginaria. Pudo haber sido un gran personaje en cualquier área que hubiese escogido, pero sólo probaba y nunca se comprometía con nada.

Era un artista de la vida. Hacía arte de todo y estaba dispuesto a hacerlo hasta con su muerte.

Muerte. Qué difícil era pensar en ello. Siempre hablaba de la muerte, siempre leía los periódicos para enterarse de la amplia variedad de opciones con las que cuenta el ser humano para elegir morir: desde lo más vulgar como asesinado por un amigo hasta lo más insólito como aplastado por una vaca.

Pero ahora era diferente. Era su muerte y no era nada fácil planearla, pero al fin terminó de escribir el documento.

Detuvo la música. Lo leyó y releyó. Lo imprimió en una hoja azul cuando estuvo seguro de que no contenía errores y la envió a ese patético tipo que escribía en internet. Sabía que aceptaría. El pago estaba asegurado y ese fulano haría cualquier cosa con tal de escribir.

El plan era muy simple. Lo citaría en su casa, le pediría escribir una historia. Se dispararía entre ceja y ceja justo a las seis.

Estaba seguro que nunca acertaría a escribir la historia real.


III. Por eso estoy aquí


He tenido 3 dueños y los tres se han deshecho de mí en cuanto hice aquello para lo cual me habían comprado.

Mi primer dueño, James Thomas, me adquirió con mucha ilusión. Sus ojos brillaban cuando me tomaba en sus manos. Me acariciaba con ternura.

Me guardaba en un lugar alto, donde los niños no pudieran alcanzarme, decía. Siempre decía que yo era necesaria allí en casa, que lo podía proteger. Pero allí donde me colocaba no podría protegerlo, no... tenía que estar más accesible. Tal vez por eso, me fue colocando más bajo, más cerca, más a la mano.

Thomas se deshizo de mí cuando le llamaron del colegio para decirle que Mark, su hijo de 14 años, me había llevado consigo y lastimado a otros niños de su escuela.

Por eso se deshicieron de mí, por eso.


Si saber cómo llegué a manos de Rose. La recuerdo bien, porque siempre andabamos juntas, siempre me llevaba a todas partes. Vivía sola y decía que era necesario tenerme, que el mundo era peligroso.

Siento que fue mi culpa que la hirieran, que... ustedes me entienden.

Tenía mucho trabajo esa semana y se quedó muy de noche. Salimos juntas como de costumbre. Ella iba nerviosa caminando un pequeño tramo oscuro que la separaba de su automóvil. Sí, iba nerviosa.

Ese tipo no iba a lastimarla, estoy segura. Sólo quería robarle, sólo iba por el dinero. Pero tuvo que sacarme, tuvo que amenazarlo. Ella nunca había disparado, no estaba preparada. Pero ese tipo sí. Ese tipo sí sabía manejar armas.


Y ahora mi último dueño, los señores Estrada. ¡Cuánto siento su caso! Doña Minerva Estrada oyó ruidos en el patio, sí, yo también los escuché. Así es que me tomó, me preparó y salió a ver.

Yo también vi al "intruso", y me preparé para proteger a mi señora. Ella disparó. Ella disparó. Pero no era ningún intruso. Era don Manuel, era su esposo.

IV La realidad

Me han pedido que escriba una historia y sé que debo empezar ahora. Sólo que no sé qué escribir. Pienso en todo esto, en este cuarto, en esta computadora en que estoy tecleando.

Miro las paredes, la puerta que me lleva a mi salida y otra más que me lleva todavía más adentro de este agujero desconocido.

Pienso en el originador de esto, en tí, individuo desconocido. Me citas en tu casa y me pides escribir. Que escriba para tí. Haces sonar algo que pareciera un arma de fuego y... ¿por quién me tomas? ¿acaso soy un corredor que sale "disparado" en cuanto oye el disparo? ¿acaso soy una presa asustadiza a quien arrinconas con tu ruido ominoso? ¿quién eres y de dónde has salido?

Creo que eres un fracasado. Sí, un escritor fracasado cuyo talento yace inerte en el suelo de esta casa. Sí, fue tu talento quien hizo ese ruido al caer.

Sé que no eres más que un triste sujeto que no tiene historias que contar y busca quién se las cuente.

Sé que no soy otra cosa que un personaje más en un cuento tuyo, en un cuento que vió la luz gracias a mí.

Te he descubierto. Tu disparo no existe. Sólo es una palabra más en tu malogrado texto. Acabemos con esto: yo lo termino, yo lo pongo: el punto final a mi existencia.

Cuando cuentes cuentos

1.

Le habían dicho que en esa ciudad todas las personas eran muy dadas a creerse todo lo que leyeran en el periódico, pero nunca pensó que podían llegar a este extremo:

Durante varios meses había estado trabajando en el único periódico de la ciudad, escribiendo más que noticias, chismes de vecindario, lo que lo tenía harto. Así es que cuando el director le ofreció escribir en el suplemento cultural aceptó gustoso.

Escribió un cuento. Un cuento donde el protagonista tramaba un crímen y lo llevaba a cabo. Describió vívida y detalladamente los actos del malhechor, desde cuando salió de casa hasta cuando arrojó los restos de su víctima al caudaloso río.

Lo que no esperaba era que incluso la policía lo creyera cierto. Sin embargo así fue.

2.

Esperaba impaciente, fastidiado y aburrido el siguiente interrogatorio.

- Sólo dinos quién fue -insistía un policía regordete poseedor de un bigote un tanto escaso.

- ¡Es un cuento! ¿Qué no entienden? ¡Un cuento, una historia! ¡No es real! -contestaba el escritor, casi a gritos- Es un relato ficticio, inventado, el asesino NO EXISTE.

- Pues parece bastante real. Yo y todos los que lo leímos estamos de acuerdo en eso. El río que describes... es idéntico al San Juanito, el que rodea la ciudad. Y como lo describes... es como si tu lo hubieras visto todo. Ahora solamente queremos atrapar a ese delincuente y darle el castigo que se merece. Y tú sabes donde está.

Entendió que no los haría cambiar de opinión. Y entendió cual era la única solución a su problema.

3.

Escribió la segunda parte del cuento. Teniendo en sus manos el destino del "asesino" lo llevó a donde nunca lo encontrarían. Lo puso en una cueva, lejana, lo dejó entrar, le permitió esconderse. Pero, ¡oh, absurdo destino! Una serpiente, sí, y venenosa, una serpiente lo mordió y así es que murió.

4.

El policía regordete meneaba la cabeza mientras leía lenta y calmadamente el triste final del maleante.

- Así es que murió.

- Las cosas que tiene la vida. Se lo merecía, ¿no cree? -le contestó el escritor ahogando una carcajada.

- ¿Donde está?

- ¿Donde está qué?

- La cueva. ¿Dónde está la cueva? Necesitamos asegurarnos de que efectivamente murió.

El escritor se estaba desesperando.

- ¡Pero es que no entienden! -gritaba mientras se llevaba ambas manos a la cabeza.

5.

Tuvo que escribir la tercera parte. Nunca se imaginó que podría llevar su historia hasta esas alturas. Pero lo hizo.

Describió el camino hacia la cueva. Dejó en claro las señales que guiarían a la policía hasta los huesos del "asesino". Con palabras los llevó hasta allí.

La cueva, efectivamente, existía. Los huesos se encontraban allí, ciertamente.

- Esperemos que esto los calme -pensaba en su celda- Y ojalá no se les ocurra seguir con su investigación, o descubrirán que ese infeliz que se pudrió en la cueva no murió de una mordedura de serpiente...