El experimento a simple vista se escuchaba bien. Los cuatro tipos (¿o eran cinco?) llegaron a diferentes horas del día al domicilio indicado. La casa, al igual que ellos, era especial. Tenía 4 entradas, cada una por una calle diferente.
Cada individuo recibió una dirección diferente, aunque la misma explicación y la promesa de un pago. Ninguno de ellos había recibido nunca un pago por escribir una historia, así es que la idea de ganar algo, aunque fuese muy poco, era tentadora.
La explicación era breve. En una hoja azul se indicaba al destinatario que se le requería para escribir una historia. Debía llegar a la casa a la hora indicada. La puerta estaría abierta sólo unos minutos, por lo que la puntualidad era esencial. En cierto momento escucharía la señal. En ese momento debía empezar a escribir.
1. Adán.
El primero que llegó fue Adán. Joven, de unos 23 años y de apariencia serena. Su rostro serio se presentó a las 4 de la tarde. Se detuvo justo frente a la puerta y la empujó con suavidad. Dentro se encontró con un cuarto amplio e iluminado. Había un sofá y varias revistas desparramadas sobre él.
Una vez dentro, leyó el letrerito que le pedía asegurar la puerta.
2. Sergio Berrizabal
El segundo en llegar, como era de esperarse fue Sergio. A las 4 y treinta se bajó del taxi frente a la casa señalada con el número 23. Con la música en los oídos y libreta en manos se paró frente a la puerta. Miró a ambos lados y tocó. Nadie respondió ni la primera ni la segunda vez. Cuando se disponía a tocar la tercera vez, la puerta se abrió.
Un tapete en el suelo le dió la bienvenida. A su izquierda un aparato marcaba la hora: 4:35:55. Cinco segundos después la música comenzó a sonar. Berrizabal sonrió, se relajó y se quitó los auriculares.
3. Chilo Minguez
Diez minutos después estaba abriendo su cuarto Chilo Minguez. La pared dejaba escuchar la música del cuarto de al lado. Música que no era de su agrado pero el cuarto tenía una televisión y de las grandes. Sus ciento y tantos canales lo mantendrían entretenido en lo que llegaba el último.
4. Angel
Ángel fue quien más se retrasó. Hubo que esperarlo más de la cuenta, pero al igual que los otros tres era imprescindible su historia, su punto de vista, su realidad.
Cuando entró al cuarto se encontró con una computadora encendida y con su blog abierto. Ver su último post en la pantalla le hizo sentir un escalofrío y una curiosidad tremenda.
Alguien estaba en casa, de eso estaba seguro.
* * *
A las seis de la tarde, los cuatro oyeron la señal, o por lo menos eso creyeron. A las seis de la tarde, un disparo desequilibró el orden y el desorden de cada cuarto. Cuatro historias debían ser escritas a partir de entonces.
* * *
I. El fin de todoDisparar un arma nunca ha sido fácil para ti. Nunca te gustó, ni siquiera cuando de niños jugábamos con pistolitas que hacíamos cortandole ramitas a los palos de naranja. Preferías las canicas, pero no te gustaba perder. Siempre llorabas cuando te ganaba, y te tenía que devolver todas tus canicas y darte otras más.
No me gustaba jugar contigo, por lo llorón que eras. Pero siempre estabas tras de mi: que vamos a jugar fut, que vamos a jugar esto o aquello; a mi me fastidiabas porque eras un niño. Yo también lo era, pero a los trece o catorce uno se cree adulto.
A mi me gustaba juntarme con los grandes porque me hacía sentirme grande. Tu me acusabas. Siempre ibas con mi mamá y le decías dónde estaba. Pero yo no hacía nada malo, nunca fumé, nunca me drogué, nunca tomé. Querían que no me juntara con nadie, que jugara contigo, ¿puedes creerlo?
De eso ya hace viente años pero veo en tu mirada el mismo temor de siempre. Siempre me tuviste miedo, ¿verdad? Conozco esa expresión de angustia en tu rostro.
Nunca pudiste matar ni un pajarito, y ahora me apuntas con una pistola. Eres el niño bueno de esta historia, ¿no lo entiendes? No puedes ser tan malo como para matar a tu propio...
II. ¿Qué harás mañana?Bamboleaba la cabeza mientras escuchaba la música. Tamborileaba en la mesa mientras la canción llegaba a su climax. Cambiaba los movimientos de sus manos a medida que aparecían en la melodía diferentes instrumentos musicales de manera que en sus brazos aparecían guitarras, baterías, pianos, en incluso una batuta mientras dirigía una orquesta imaginaria.
Toda su vida era imaginaria. Pudo haber sido un gran personaje en cualquier área que hubiese escogido, pero sólo probaba y nunca se comprometía con nada.
Era un artista de la vida. Hacía arte de todo y estaba dispuesto a hacerlo hasta con su muerte.
Muerte. Qué difícil era pensar en ello. Siempre hablaba de la muerte, siempre leía los periódicos para enterarse de la amplia variedad de opciones con las que cuenta el ser humano para elegir morir: desde lo más vulgar como asesinado por un amigo hasta lo más insólito como aplastado por una vaca.
Pero ahora era diferente. Era su muerte y no era nada fácil planearla, pero al fin terminó de escribir el documento.
Detuvo la música. Lo leyó y releyó. Lo imprimió en una hoja azul cuando estuvo seguro de que no contenía errores y la envió a ese patético tipo que escribía en internet. Sabía que aceptaría. El pago estaba asegurado y ese fulano haría cualquier cosa con tal de escribir.
El plan era muy simple. Lo citaría en su casa, le pediría escribir una historia. Se dispararía entre ceja y ceja justo a las seis.
Estaba seguro que nunca acertaría a escribir la historia real.
III. Por eso estoy aquíHe tenido 3 dueños y los tres se han deshecho de mí en cuanto hice aquello para lo cual me habían comprado.
Mi primer dueño, James Thomas, me adquirió con mucha ilusión. Sus ojos brillaban cuando me tomaba en sus manos. Me acariciaba con ternura.
Me guardaba en un lugar alto, donde los niños no pudieran alcanzarme, decía. Siempre decía que yo era necesaria allí en casa, que lo podía proteger. Pero allí donde me colocaba no podría protegerlo, no... tenía que estar más accesible. Tal vez por eso, me fue colocando más bajo, más cerca, más a la mano.
Thomas se deshizo de mí cuando le llamaron del colegio para decirle que Mark, su hijo de 14 años, me había llevado consigo y lastimado a otros niños de su escuela.
Por eso se deshicieron de mí, por eso.
Si saber cómo llegué a manos de Rose. La recuerdo bien, porque siempre andabamos juntas, siempre me llevaba a todas partes. Vivía sola y decía que era necesario tenerme, que el mundo era peligroso.
Siento que fue mi culpa que la hirieran, que... ustedes me entienden.
Tenía mucho trabajo esa semana y se quedó muy de noche. Salimos juntas como de costumbre. Ella iba nerviosa caminando un pequeño tramo oscuro que la separaba de su automóvil. Sí, iba nerviosa.
Ese tipo no iba a lastimarla, estoy segura. Sólo quería robarle, sólo iba por el dinero. Pero tuvo que sacarme, tuvo que amenazarlo. Ella nunca había disparado, no estaba preparada. Pero ese tipo sí. Ese tipo sí sabía manejar armas.
Y ahora mi último dueño, los señores Estrada. ¡Cuánto siento su caso! Doña Minerva Estrada oyó ruidos en el patio, sí, yo también los escuché. Así es que me tomó, me preparó y salió a ver.
Yo también vi al "intruso", y me preparé para proteger a mi señora. Ella disparó. Ella disparó. Pero no era ningún intruso. Era don Manuel, era su esposo.
IV La realidadMe han pedido que escriba una historia y sé que debo empezar ahora. Sólo que no sé qué escribir. Pienso en todo esto, en este cuarto, en esta computadora en que estoy tecleando.
Miro las paredes, la puerta que me lleva a mi salida y otra más que me lleva todavía más adentro de este agujero desconocido.
Pienso en el originador de esto, en tí, individuo desconocido. Me citas en tu casa y me pides escribir. Que escriba para tí. Haces sonar algo que pareciera un arma de fuego y... ¿por quién me tomas? ¿acaso soy un corredor que sale "disparado" en cuanto oye el disparo? ¿acaso soy una presa asustadiza a quien arrinconas con tu ruido ominoso? ¿quién eres y de dónde has salido?
Creo que eres un fracasado. Sí, un escritor fracasado cuyo talento yace inerte en el suelo de esta casa. Sí, fue tu talento quien hizo ese ruido al caer.
Sé que no eres más que un triste sujeto que no tiene historias que contar y busca quién se las cuente.
Sé que no soy otra cosa que un personaje más en un cuento tuyo, en un cuento que vió la luz gracias a mí.
Te he descubierto. Tu disparo no existe. Sólo es una palabra más en tu malogrado texto. Acabemos con esto: yo lo termino, yo lo pongo: el punto final a mi existencia.