
Era su destino estar en esa silla un día tras otro. Era su destino o por lo menos eso era lo que él creía.
Variaba la forma en que se sentaba: a veces apoyando su espalda en el respaldo de la silla, a veces inclinado hacia adelante, con los dos codos sobre la mesa, a veces con uno solo. Subía un pie a la barra de descanso y el otro en el suelo, invertía la posición y realizaba todas las combinaciones posibles.
Halló que existían 237 combinaciones diferentes si mezclaba la posición de cada pie, con la de cada mano, con la de su cabeza, con la de su espalda, con la ubicación de la silla, etc. Le pareció sorprendente.
Metía las manos debajo de la silla encontrando cosas que ya no recordaba haber puesto. Se aprendió de memoria los trazos, las imperfecciones, las curvas y las rectas que había allí.
Escribió un tratado sobre el Uso y Técnicas de Acomodo en Sillas con Barra de descanso y cojín Rojo. Abrió un curso y no entendió por qué a nadie le llegó a interesar.
Un día le quisieron cambiar su silla por una más grande, cómoda, ligera y con tecnología de punta, a lo que se opuso rotunda y contundentemente. Nadie tenía el derecho a dar siquiera la más mínima opinión de la forma en que él (o su silla) se vieran, comportaran o trabajaran.
Pasaron los años y murió dejando la silla vacía (y bastante usada). Estuvo en ese estado una semana y dos y a nadie pareció importarle hasta que aquél jovenzuelo alegre y jovial la vió, la probó y pensó que al fin el destino le había pagado lo que le debía.
Imagen por: Power House Museum





