Un destino en la vida


Era su destino estar en esa silla un día tras otro. Era su destino o por lo menos eso era lo que él creía.

Variaba la forma en que se sentaba: a veces apoyando su espalda en el respaldo de la silla, a veces inclinado hacia adelante, con los dos codos sobre la mesa, a veces con uno solo. Subía un pie a la barra de descanso y el otro en el suelo, invertía la posición y realizaba todas las combinaciones posibles.

Halló que existían 237 combinaciones diferentes si mezclaba la posición de cada pie, con la de cada mano, con la de su cabeza, con la de su espalda, con la ubicación de la silla, etc. Le pareció sorprendente.

Metía las manos debajo de la silla encontrando cosas que ya no recordaba haber puesto. Se aprendió de memoria los trazos, las imperfecciones, las curvas y las rectas que había allí.

Escribió un tratado sobre el Uso y Técnicas de Acomodo en Sillas con Barra de descanso y cojín Rojo. Abrió un curso y no entendió por qué a nadie le llegó a interesar.

Un día le quisieron cambiar su silla por una más grande, cómoda, ligera y con tecnología de punta, a lo que se opuso rotunda y contundentemente. Nadie tenía el derecho a dar siquiera la más mínima opinión de la forma en que él (o su silla) se vieran, comportaran o trabajaran.

Pasaron los años y murió dejando la silla vacía (y bastante usada). Estuvo en ese estado una semana y dos y a nadie pareció importarle hasta que aquél jovenzuelo alegre y jovial la vió, la probó y pensó que al fin el destino le había pagado lo que le debía.

Imagen por: Power House Museum

Es mejor no saber


Tenía ochenta años entonces. Sus manos arrugadas temblaban mientras abría el regalo cuidando de no maltratar la envoltura. Era una caja blanca con pequeñas manchitas en un costado.

La abrió con cuidado y sus ojos no parpadearon. ¿Qué esperaba encontrar? No lo sé, yo sólo lo observaba con paciencia. Era un paquete de fotografías cuidadosamente ordenadas. Comenzaba con una pareja cargando un niño en brazos, luego el niño tumbado en un catrecito, luego el niño en un triciclo, luego el mismo niño caminando y vistiendo una camisetita blanca, luego corriendo con un helado en la mano, luego con un grupo de amigos cerca de una montaña.

El anciano se detuvo entonces. El paquete de fotos era demasiado grande y no disponía de tiempo para verlas todas. Mentira que toda la vida pueda pasar frente a tus ojos en unos instantes. Así es que cogió las cinco últimas.

Era él ese día y a esa hora, feliz, sonriente. La siguiente mostraba el suceso. Luego, cuando entraba a la celda. Luego él, viendo esa fotografía que tenía en las manos.

Sólo quedaba una foto por ver. Levantó la cabeza y me miró. ¿Yo? No, no tenía palabras que decirle, si es que esperaba que dijera algo. Nadie es tan valiente para ver la última, pensé. La guardó junto con las otras, sin verla. Me entregó el paquete y justo en ese instante vinieron por él.

Un lindo gatito

Lo que ocurrió fue lo siguiente: tengo la costumbre de cambiar mes a mes el papel tapiz de mi computadora. Los prefiero llenos de color y de contrastes, tonos pastel ilustrando fugaces historias con personajes felices.

Este mes de septiembre me había atrasado. Ya llevaban dos semanas y yo seguía con el tapiz de agosto. Cada que lo veía me decía:

- Debes cambiar ya esta imagen.
- Sí, -me contestaba- lo haré la siguiente vez que me conecte.

Hace unos días logré recordar mi insignificante decisión y bajé un curioso papel tapiz con la figura de un gato. Me parece verlo aún en su antiguo y digital hogar, todo esponjoso, con unos ojos enormes mirandome fijamente. Estaba lleno de manchitas grises y parecía que sonreía. Lo rodeaba una atmósfera azul donde caían lo que parecían pequeños papelitos de un azul menos intenso.

Reacomodé los iconos del escritorio de manera que no interfirieran con la imagen.

Ese día al llegar a casa me encontré con una sorpresa: en la puerta de mi casa estaba sentado, en idéntica posición y con la misma mirada fija, un gato de carne y hueso lleno de manchitas grises sobre su pelaje blanco.

Me dijeron los vecinos que no era de nadie, que seguro su dueño se deshizo de él. Ahora está allí, afuera, maullando mientras escribo esto. Y mi mascota virtual sigue en mi escritorio, sentado y sonriendome, y diciendo que septiembre se acaba en unos instantes.

Y yo le contesto que no se preocupe, que siempre quise tener una mascota.

Con todo el corazón

Y el señor con el águila en el pecho gritó: ¡Viva México!

Y el político que chantajeó al pobre, el maestro que compró la plaza, el joven que se copia en los exámenes, el empresario que explota a sus trabajadores, el empleado que roba horas en el trabajo, el que vende peliculas piratas en las calles, el que las compra, el que da mordidas, y el que las acepta, todos al unísono y con todo el corazón contestaron:

¡Viva!

Francesca



Francesca tiene 23 y dice que su obra y su vida deben terminar ya.

“Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas éstas cosas delicadas…”

Llegamos tarde: Francesca Woodman saltó hace 27 años, pero su obra hoy -a diferencia de hace 27 años- se exhibe en importantes museos del mundo.