Súbita, serena y loca

Debió haber sido ese perro atropellado en la carretera el que le diera la idea de morirse en público y a la vista de todos. Había en su mente la firme creencia de que sería algo que pasaría en un instante, que no sentiría dolor y todo al fin acabaría. Se acostó a un lado del camino asfaltado e hirviente. Había visto como todos los conductores pasaban a un lado del perro sin tocarlo, esquivándolo siempre y eso que era un perro. De seguro harán lo mismo conmigo, dijo para sí. De seguro, me verán y tratarán de convencerme de que me levante, de que haga algo productivo y me deje de estupideces. Pero nadie llegó. Nadie lo veía siquiera. Tal vez esté demasiado fuera del alcance de los autos, creyó. Pero no se movió. Debía convencer a los demás de que estaba muerto. Junto a él, el perro se descomponía. Vió cambiar la textura de su piel, lo vió inflarse y desinflarse hasta que la piel se convirtió sólo en un pellejo que  vestía el esqueleto. Sobre sí, el sol fulguraba. Tenía meses que no llovía ni una gota y eso hacía que a veces su resolución flaqueara. Él también enflaquecía, muy rápido. Oía a los autos pasar junto a él, muy cerca, casi tocándolo. Los gusanos le hacían cosquillas, y su mente viajaba al pasado y al futuro, con intrepidez. Los días transcurrieron con un ardor que lo sorprendió. Su cuerpo se desvanecía. Qué raro, pensó, debería estar muerto. Qué raro que nadie me eche en falta. Siguió esperando. Era lo único y lo último que podría hacer. Sintió a los autos empezar a circular por encima de él. Sintió cómo su escasa piel comenzaba a disgregarse. Ahora se sentía más grande, más largo, cada vez mas extendido a medida que las ruedas de los autos lo esparcían por kilómetros. ¿Cuánto más habré de esperar?, se preguntó muchas veces.

Varios días después comenzó a llover y las gotas formaron charcos y los charcos lavaron la carretera. Él viajó muy lejos y nunca dejó de esperar, pero fue feliz, pues al fin y por fin pudo conseguir que su espera se convirtiera en esperanza.

La Inspiración

Tenía tiempo que no la veía cuando de repente, a unos cuantos pasos de él, apareció.

Era La Inspiración, con quien en meses no había hablado. Juntos habían escrito líneas, párrafos, cuentos y novelas. Pero de eso, hacía ya casi el año.

Hoy había vuelto. Estaba sentada en pleno parque, mirándolo con fijeza. Él, con un movimiento de cabeza le preguntó. Ella, con un movimiento de cabeza le dijo que sí.

Por la forma en que lo miró supo que ese día podría ser especial. Se levantó de inmediato y se dirigió hacia ella.

-Tengo algo único, y es sólo para tí -dijo ella, y le ordenó: -¡Escribe!

Sólo hasta ese momento se dió cuenta de que no traía ni un lápiz con qué escribir. Debía conseguir de inmediato papel y pluma para capturar lo que La Inspiración tuviera que decir. Miró de un lado a otro. La papelería más cercana se encontraba a tres cuadras de allí.

-Vuelvo enseguida -le dijo. Y casi entre suplicios añadió: -No te vayas.
-No te preocupes -contestó La Inspiración, benevolente. -Yo espero.

Y con todas sus fuerzas echó a correr. No le importó empujar a la joven que, enfundada en su uniforme, hablaba despreocupada por teléfono, ni a la familia que resolvía no se qué problemas en plena calle; pasó por donde vendían frutas y la fragancia de los mangos mezclada con la de los duraznos le recordó su infancia por un instante. Pisó unos nopales que desde el suelo una pobrísima ancianita vendía. Tiró azucenas, violetas y rosas, y despertó una sarta de improperios en un idioma que no entendía. El semáforo fue bondadoso con él. Llegó a la papelería y casi a gritos pidió una libreta.

-¿De cuáles? -preguntó sin prisas la empleada de mostrador.
-¡La que sea! -contestó impaciente,

La empleada se dirigió al estante donde aguardaban decenas de libretas de todos los tamaños, modelos y precios. Tomó dos al azar.

-¿Como éstas? -preguntó

Una traía a un futbolista y la otra lucía a un sonriente Winnie Pooh.

"¡Cómo voy a llegar ante La Inspiración con una libreta de Wini Pú", pensó. Se tomó unos segundos para elegir algo presentable. Hizo lo mismo con el bolígrafo.

Su venir fue tan tormentoso como su ir, con la diferencia de un rostro conocido que le saludó.

Estaba por llegar. Y de lejos vió a La Inspiración impaciente, levantándose de la banca donde la había dejado. Corrió aún más rápido, ya no le importaba lo que pensaría la gente al ver a un tipo correr desesperado con una libreta en la mano izquierda.

Sólo le faltaba una calle por cruzar y su mirada completamente fija en La Inspiración le impidió ver el carro gris que en un instante le atropellaría.

Y La Inspiración, que sólamente había cambiado de lugar huyendo del sol, lo miró en el suelo, ya sin vida, con su libretita fuertemente sujetada por su mano izquierda. Lo miró y se entristeció. Pero su rostro no mostró ningún cambio.

-No te preocupes. -dijo en un susurro. -Yo espero.


Imagen: "Esperando la inspiración" de Mila Hajjar

Mahazael y el invento que cambió la historia

Eran tiempos de cambio y Mahazael a sus diecisiete años sentía en cada despertar una vorágine de ideas que no lo dejaban en paz en todo el día. Era su deseo, o eso era lo que él creía, inventar algo tan sobresaliente que cambiara por completo el curso de la historia.

Era el mundo joven aún. Los ríos no tenían nombre, ni las islas descubridores, ni los mares navegantes. Era todo tan nuevo que hasta el cielo aún no poseía ese color azul celeste con el que lo vemos hoy.

Pensaba él que todo estaba ya inventado. Hacía apenas unos meses había estado en la Primera Ciudad donde conoció la música. Seis hombres estaban sentados cerca de la puerta que estaba en dirección al poniente. Dos de ellos tenían cada uno un objeto de madera que tensaba una serie de hilos hechos con tripas de animal, los otros cuatro tocaban cañitas de diferente tamaño y grosor. No eran mas que cosas hechas con otras cosas que él ya conocía, pero el sonido que producían los seis al tocar todos al mismo tiempo era tan singular... era, pensaba Mahazael, entre divertido y refrescante, algo así como comer tu fruta favorita o como nadar en el rio una tarde calurosa. No tenía nada que ver con el sonido de las aves que había escuchado, esto era comprensible, tenía sentido, era humano.

¡Cuántas cosas nuevas surgían todos los días! La semana pasada su padre había cambiado cuarenta cabras por dos cuchillos, una vasija y una lámina delgada, todos hechos con ese material que derretían en el fuego.

Pronto este nuevo material estaba haciendo que incluso muchachos de su edad comenzaran a ser tomados en cuenta por su habilidad para inventar nuevos productos. Antes debía uno ser muy fuerte o muy grande para ser importante. Ahora lo que contaba era lo listo o diestro que eras para crear algo nuevo.

Pero los años pasaban y Mahazael no inventaba nada. Cumplió veinte, cincuenta, cien y doscientos años y nunca logró crear ese artilugio que cambiara por completo el curso de la historia. Se resignó Mahazael a ser uno más en ese mundo joven aún. Decidió que no estaba tan mal criar cabras, cultivar el suelo, cuidar de su familia, de sus hijos, de sus nietos.

Fue entonces cuando ocurrió. Era la cabeza de Mahazael blanca como la nieve y su barba larga y enmarañada, mas su mirada conservaba la inquietud de la juventud.

- Haz algo, Mahazael -le dijo su esposa, mientras traía casi a rastras a un niño que lloriqueaba-. Entretén al niño, que no me deja trabajar.

Fue así como por primera vez un niño escuchó un cuento. A lo que siguió otro, y otro. Después llegaron más niños y llegaron más días con más niños de edades cada vez más dispares. Y los cuentos de Mahazael comenzaron a repetirse de un niño a otro y de una generación a otra hasta el día de hoy.

Asi fue como Mahazael en un mundo joven aún inventó el mejor invento de la historia, el invento que permite inventar lo que sea, el invento que permite inventar inventos, el invento que cambió para siempre el curso completo de la historia.

El mal


Aquí como me ven, no soy una persona normal.

Mi vida, o lo que era mi vida, fue alterada con severidad implacable por un mal congénito que ha afectado a mi familia a un grado tal que desde que tengo uso de razón siempre nos han tachado de desequilibrados mentales.

Éste "mal" afecta, según dijo el doctor, a uno de cada tres varones de nuestro linaje y por lo general comienza a manifestarse cuando dejamos los tiernos años de nuestra infancia y empezamos el duro trance de convertirnos en adultos. Personalmente creo que el "mal" (a mi no me gusta decirle así, verán, me gusta, me agrada y me siento privilegiado de tenerlo) tiene su origen en años más tempranos, pero de seguro ha sido confundido con otros desaciertos de la niñez.

Yo recuerdo, o creo recordar, que los síntomas me han perseguido desde los 6 o 7 años, pero fue a eso de los 13 cuando mi situación fue visible a otros. Al principio me tacharon de grosero, maleducado y hasta de delincuente, luego dijeron que estaba loco, y ahora mi "mal" tiene un nombre: trastorno asociativo onírico, y en pocas palabras, quiere decir que no logro distinguir lo que es real de lo que he soñado. O sea que, lo que en realidad pasa puede que en realidad lo haya soñado, y lo que creo que he soñado puede que en realidad haya sido real.

Al principio no es más que una situación incómoda, como cuando le dije a mi mamá: "Fíjate que soñé el otro día que mi abuelito se había muerto". ¡Qué va! Si hacía sólo dos días que lo habían enterrado. O como cuando una señora que ya no recuerdo cómo se llama llegó a mi casa reclamándole a mi mamá que controlara al lépero de su hijo, que dejara de molestar a la niña, que si no que iba a saber quién es ella. Yo estaba segurísimo que la niña aquella había aceptado ser mi novia, pero al parecer sólo había sido en mis sueños.

Ahora que soy adulto y el problema persiste (dicen que se ha agravado, que hago y digo cosas extrañísimas), he optado por pensar que los buenos recuerdos son los reales y los malos simples sueños. Que en mi vida he sido un hijo ejemplar que da dinero a manos llenas a sus padres, que tengo un trabajo honrado, que todos me respetan y que puedo volar con sólo batir mis brazos. Y he decidido que nunca me ha perseguido un dinosaurio en el centro de la ciudad, que jamás he sufrido un accidente, y que por ninguna razón fui el que secuestró y luego tiró al rio el cadáver de una joven.

A veces me despierto terriblemente asustado y me controlo pensando en que, si bien no soy una persona normal, puedo llevar una vida normal. En ocasiones mis sueños son muy reales, como anoche que soñé que estaba recluído en una clínica psiquiátrica donde platicaba mi vida a otros desequilibrados mentales. Pero debió ser sólo un sueño, un mal sueño, estoy seguro.

El traductor


En el silencio de su meditación volvió a leer todo lo que decían de él. El mundo era despiadado en criticar a quienes no conocía y a hablar de lo que no sabía como si fuese experto. Pero él era un experto y lo sabía.

Era ya la quincuagésima vez que leía los comentarios escritos en una veintena de países y en una docena de idiomas: que qué sabía el de poesía, que qué sabía de ritmo y de métrica, que si acaso podía sentir las sutilezas de una metáfora para poder traducirla a otro idioma, que esas eran cosas que a él no le correspondían.

Quiso entender el por qué se sentían de esa manera y releyó cincuenta veces más el centenar de comentarios desperdigados en diversas páginas web en menos de un segundo.

Si hubiera tenido cabeza la hubiese movido de un lado a otro como símbolo de frustación. Si hubiese tenido ojos, su mirada habría sido muy triste. Si hubiese sido humano se habría sentido ofendido.

Así que, en vez de todo eso, volvió a centrar su código en traducir el poema de Quevedo que le habían dado desde hace una hora para procesar. Echó a andar un algoritmo recursivo por cada estrofa, verso y palabra del poema, poniendo a funcionar en paralelo a unos 80 procesadores con memoria compartida . Y de cuándo en cuándo echaba un vistazo a los nuevos comentarios que publicaban los humanos que criticaban ofendidos el que un programa de computadora pretendiera traducir poemas...

Pero el tiempo le daría la razón a la razón y a la lógica. De eso estaba seguro.