Perder a su compañero sería de lo más doloroso que viviría en su vida, pero a estas alturas era ya irremediable.
El médico lo había confirmado: no había esperanzas. Los siguientes días, o semanas, o meses serían de terrible dolor y sufrimiento. Verlo en esas circunstancias iba a ser peor que perderlo.
El médico habló de una inyección. Una y sólo una. Dijo: "dormirá y no sentirá ningún dolor". Un sueño del que no despertaría jamás. Hacerlo dormir, dormir de verdad y que no sufriera más... era, hasta cierto punto, su deseo.
Mañana sería el día. Una inyección y sólo una, y su mirada se veía inquieta, su rostro atemorizado y su voz quebrada. Fido era su última compañía, su mascota desde hace cinco años, y mañana lo perdería para siempre.
Miedo al tacto
Hace 42 minutos


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