Ramas de palmera

Me lo imagino indeciso y despreocupado: joven, susceptible y fácilmente influenciable.

Me lo imagino curioso, estirando la cabeza entre la gente, queriendo saber el por qué de tanto alboroto: sorprendido ante la figura del que llamaban Mesías, mirándolo - con incredulidad- mientras se acerca montado en un asno y la gente se entusiasma con gritos, cantos y aclamaciones.

Creo que se sintió incómodo por ser de los pocos sin esas ramas de palmera en sus manos, así es que le pidió una al de al lado. Se dejó contagiar por el gran júbilo de la ocasión y se unió al clamor gozoso. Gritaba con gusto: "¡Sálvalo, rogamos, en las alturas!".

Pero eso fue hace apenas unos días y hoy se encuentra en medio de una multitud muy similar, de nuevo estirándose para ver qué pasa.

Vió al mismo hombre del asno, aunque ahora está golpeado y ensangrentado. No alcanzó a escuchar qué dijo el gobernador, pero observó cómo de inmediato toda la gente se puso frenética. Pensó que la multitud no podía estar equivocada y que lo que dijera la mayoría era lo mejor. Por eso es que gritó junto con los demás "¡Quítalo! ¡Quítalo! ¡Al madero con él!" mientras apoyaba a los que decían: "No tenemos más rey que César".

2 comentarios ¡Publica el tuyo!:

●•· √эиμⓩ ·•● dijo...

Asi somos los humanos, tan frios, y como tontas ovejas que siguen a cualquier pequeño rebaño que se cruce en su camino, sin preguntar, sin indagar, sin razonar, hacemos lo que los demás. Sera bueno o malo, no importa; lo importante es ser diferente al resto, y tener a algunos iguales a nosotros y que nos comprendan.
Me podría atrever a decir: ¡Que asco de humanidad!

Campanula dijo...

Los humanos siempre estamos detras de la multitud, muy bueno.
un beso