Cuando cuentes cuentos

1.

Le habían dicho que en esa ciudad todas las personas eran muy dadas a creerse todo lo que leyeran en el periódico, pero nunca pensó que podían llegar a este extremo:

Durante varios meses había estado trabajando en el único periódico de la ciudad, escribiendo más que noticias, chismes de vecindario, lo que lo tenía harto. Así es que cuando el director le ofreció escribir en el suplemento cultural aceptó gustoso.

Escribió un cuento. Un cuento donde el protagonista tramaba un crímen y lo llevaba a cabo. Describió vívida y detalladamente los actos del malhechor, desde cuando salió de casa hasta cuando arrojó los restos de su víctima al caudaloso río.

Lo que no esperaba era que incluso la policía lo creyera cierto. Sin embargo así fue.

2.

Esperaba impaciente, fastidiado y aburrido el siguiente interrogatorio.

- Sólo dinos quién fue -insistía un policía regordete poseedor de un bigote un tanto escaso.

- ¡Es un cuento! ¿Qué no entienden? ¡Un cuento, una historia! ¡No es real! -contestaba el escritor, casi a gritos- Es un relato ficticio, inventado, el asesino NO EXISTE.

- Pues parece bastante real. Yo y todos los que lo leímos estamos de acuerdo en eso. El río que describes... es idéntico al San Juanito, el que rodea la ciudad. Y como lo describes... es como si tu lo hubieras visto todo. Ahora solamente queremos atrapar a ese delincuente y darle el castigo que se merece. Y tú sabes donde está.

Entendió que no los haría cambiar de opinión. Y entendió cual era la única solución a su problema.

3.

Escribió la segunda parte del cuento. Teniendo en sus manos el destino del "asesino" lo llevó a donde nunca lo encontrarían. Lo puso en una cueva, lejana, lo dejó entrar, le permitió esconderse. Pero, ¡oh, absurdo destino! Una serpiente, sí, y venenosa, una serpiente lo mordió y así es que murió.

4.

El policía regordete meneaba la cabeza mientras leía lenta y calmadamente el triste final del maleante.

- Así es que murió.

- Las cosas que tiene la vida. Se lo merecía, ¿no cree? -le contestó el escritor ahogando una carcajada.

- ¿Donde está?

- ¿Donde está qué?

- La cueva. ¿Dónde está la cueva? Necesitamos asegurarnos de que efectivamente murió.

El escritor se estaba desesperando.

- ¡Pero es que no entienden! -gritaba mientras se llevaba ambas manos a la cabeza.

5.

Tuvo que escribir la tercera parte. Nunca se imaginó que podría llevar su historia hasta esas alturas. Pero lo hizo.

Describió el camino hacia la cueva. Dejó en claro las señales que guiarían a la policía hasta los huesos del "asesino". Con palabras los llevó hasta allí.

La cueva, efectivamente, existía. Los huesos se encontraban allí, ciertamente.

- Esperemos que esto los calme -pensaba en su celda- Y ojalá no se les ocurra seguir con su investigación, o descubrirán que ese infeliz que se pudrió en la cueva no murió de una mordedura de serpiente...

6 comentarios ¡Publica el tuyo!:

Gibran Garcia dijo...

Cuando cuentes cuentos...

cuenta cuantos cuentos cuentas y a quién se los cuentas.

Al escribir éste cuento recordé a un ex-compañero de carrera que cuando leyó el Código da Vinci, se impresionó tanto que (sabiendo mi inclinación a asuntos religiosos) me escribió diciendo que "la iglesia durante tantos años ha estado ocultando tantas cosas", y aunque me daban ganas de contestarle "te lo dije, pero tú no me creíste", le indiqué que tal novela no era un documento histórico sino una novela de ciencia ficción y que no se debería creer todo lo que leyera.

Éste cuento también aborda la cuestión de cuando escribimos inspirados en nuestra vida personal.

Por eso me pregunto, ¿de quién debemos cuidarnos más? ¿del lector, de lo que piense o cómo interprete lo que escribimos? ¿o de uno mismo, de no tratar de autobiografiarnos en cada cosa que escribimos?

Un saludo

●•· √эиμⓩ ·•● dijo...

Auch! me andas espiando verdad?

En experiencia propia, cómo lectores y escritores debemos saber y estar concientes que cada palabra se pone ahí para crear un ambiente agradable a quien lo lea. Por tanto no todo será verdad, ni expresará lo que parece.

Algo parecido quize decir en una de mis entradas recientes "La loca", por que abusando de mis extensas vacaciones leí, y leí, y leí y al final yo misma quede confundida sin saber donde estaba el límite entre lo real y lo inventado.

Me gusto, por que ahora sé que no soy la única que siente ésto.

De igual manera al escribir, a veces exageramos un poquito, no todo lo que se cuenta es verdad.

Excelente cuento. Saludos.

Raul David dijo...

Y quizás exista mucha verdad en nuestras ficciones...nuestra escritura nos refleja, a mí que tan poco confío en la gente...el papel o en este caso el blog me viene bien.

Antonio Mejia Guzmán dijo...

Me encanto el cuento, es fantasticamente alucinante.
(Hasta yo me lo crei).
Algo que me llamo la atención
fue ese dilema de la realidad y
la ficción.
Yo creo que en la literatura
estamos obligados a escribir
a cerca de nosotros mismos:
es lo unico que conocemos con
mas profundidad.

Coro dijo...

Gibran Garcia:

Es usted un cuentero como hay pocos...

Genial, me encantó su cuento.

Javi dijo...

Me has sorprendido con el cuento, gratamente. Saludos