Eran tiempos de cambio y Mahazael a sus diecisiete años sentía en cada despertar una vorágine de ideas que no lo dejaban en paz en todo el día. Era su deseo, o eso era lo que él creía, inventar algo tan sobresaliente que cambiara por completo el curso de la historia.
Era el mundo joven aún. Los ríos no tenían nombre, ni las islas descubridores, ni los mares navegantes. Era todo tan nuevo que hasta el cielo aún no poseía ese color azul celeste con el que lo vemos hoy.
Pensaba él que todo estaba ya inventado. Hacía apenas unos meses había estado en la Primera Ciudad donde conoció la música. Seis hombres estaban sentados cerca de la puerta que estaba en dirección al poniente. Dos de ellos tenían cada uno un objeto de madera que tensaba una serie de hilos hechos con tripas de animal, los otros cuatro tocaban cañitas de diferente tamaño y grosor. No eran mas que cosas hechas con otras cosas que él ya conocía, pero el sonido que producían los seis al tocar todos al mismo tiempo era tan singular... era, pensaba Mahazael, entre divertido y refrescante, algo así como comer tu fruta favorita o como nadar en el rio una tarde calurosa. No tenía nada que ver con el sonido de las aves que había escuchado, esto era comprensible, tenía sentido, era humano.
¡Cuántas cosas nuevas surgían todos los días! La semana pasada su padre había cambiado cuarenta cabras por dos cuchillos, una vasija y una lámina delgada, todos hechos con ese material que derretían en el fuego.
Pronto este nuevo material estaba haciendo que incluso muchachos de su edad comenzaran a ser tomados en cuenta por su habilidad para inventar nuevos productos. Antes debía uno ser muy fuerte o muy grande para ser importante. Ahora lo que contaba era lo listo o diestro que eras para crear algo nuevo.
Pero los años pasaban y Mahazael no inventaba nada. Cumplió veinte, cincuenta, cien y doscientos años y nunca logró crear ese artilugio que cambiara por completo el curso de la historia. Se resignó Mahazael a ser uno más en ese mundo joven aún. Decidió que no estaba tan mal criar cabras, cultivar el suelo, cuidar de su familia, de sus hijos, de sus nietos.
Fue entonces cuando ocurrió. Era la cabeza de Mahazael blanca como la nieve y su barba larga y enmarañada, mas su mirada conservaba la inquietud de la juventud.
- Haz algo, Mahazael -le dijo su esposa, mientras traía casi a rastras a un niño que lloriqueaba-. Entretén al niño, que no me deja trabajar.
Fue así como por primera vez un niño escuchó un cuento. A lo que siguió otro, y otro. Después llegaron más niños y llegaron más días con más niños de edades cada vez más dispares. Y los cuentos de Mahazael comenzaron a repetirse de un niño a otro y de una generación a otra hasta el día de hoy.
Asi fue como Mahazael en un mundo joven aún inventó el mejor invento de la historia, el invento que permite inventar lo que sea, el invento que permite inventar inventos, el invento que cambió para siempre el curso completo de la historia.
2 comentarios ¡Publica el tuyo!:
Me deleito enormemente con los inventos que inventas... Todo un honor leerte! ;)
El honor es mio. Saludos!!!
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